Seis hermosos libros, seis

Hace ya bastante tiempo que no publico ninguna entrada sobre libros en este blog. En efecto, aunque no he dejado de escribir artículos más o menos relacionados con dicha categoría, la última reseña en sentido estricto fue la de Vida y destino, de Vasili Grossman, del pasado 13 de diciembre. Semejante abandono de uno de mis temas favoritos me hace sentirme doblemente culpable: no sólo por defraudar a mis incondicionales, sino también porque bajo las excusas de la pereza, la dificultad del género y el exceso de ocupaciones acaso se oculten los signos de una traición a mi propia naturaleza, o los primeros indicios de una pérdida de facultades con la que a todos (blogueros incluidos) nos amenaza el inevitable paso del tiempo.

En fin, no quiero ponerme melodramático ni exagerar la nota. Más vale coger el toro por los cuernos (y véase que la metáfora condice con las resonancias taurinas del título de este artículo) y compensar a mis lectores y a mí mismo por las oportunidades y el tiempo perdidos. Como no he dejado de leer durante todo estos meses, y de tomar las correspondientes notas, puedo juntarlas todas en una especie de reseña-compendio; seguramente será menos enjundiosa y detallada que mis piezas habituales, pero por otro lado tal vez tenga un interés añadido por la variedad de las obras comentadas y de los géneros a que pertenecen.

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Con Lorenzo Silva, en Pamplona

Lorenzo Silva es uno de los escritores españoles contemporáneos a los que he dedicado una atención más constante, tanto desde Lengua en Secundaria como desde La Bitácora del Tigre. En mi portal publiqué las reseñas de El alquimista impaciente (en realidad, el trabajo sobre la novela ganadora del Premio Nadal de 2000 fue un intento de mostrar a mis alumnos del IES Ega de San Adrián un ejemplo de cómo se puede redactar el análisis de los personajes de una novela) y El nombre de los nuestros, y en el blog me ocupé, hace algo más de dos años, de La reina sin espejo.

De Silva he leído bastantes obras; además de las citadas, las novelas Carta blanca (que es la única que no he conseguido terminar), El lejano país de los estanques, La flaqueza del bolchevique, La isla del fin de la suerte, La niebla y la doncella, los libros de cuentos El déspota adolescente y Nadie vale más que otro. Cuatro asuntos de Bevilacqua, y el libro de viajes Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos. Excepto Carta blanca, que me pareció una novela demasiado truculenta, todos me han gustado, y en especial la serie dedicada a las andanzas detectivescas de la pareja formada por los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro.

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Diaplerons, duendecillos de los Pirineos

Portada del libroEl Pirineo, y sobre todo el Pirineo aragonés, es un escenario muy unido a mi biografía, sobre todo en mi adolescencia y primera juventud. Arrastrado por el ímpetu de amigos de espíritu mucho más audaz y montañero que el mío (si me leéis, Alberto, Arturo, Iñaki, Jesús, Jokin, Juankar, Mikel, sabed que os envío desde aquí un fuerte abrazo), de vez en cuando conseguía sacudirme la pachorra, echarme al hombro una pesadísima mochila y partir rumbo a las cumbres de Belagua, Zuriza o del más lejano y siempre fascinante Valle de Ordesa.

Pasaron los años, gané bastantes kilos, y dejé de ir al monte (tal vez el orden de los acontecimientos no sea exactamente el que acabo de escribir), pero nunca de dejado de visitar los altos valles pirenaicos de Ansó, Hecho, Añisclo o Pineta, en excursiones casi siempre breves, y a menudo agudamente melancólicas. Cuando fui a parar al IES José Mor de Fuentes de Monzón, mi primer destino como profesor de Secundaria, aproveché para recorrer el Pirineo oscense con la inestimable guía de los colegas del instituto (saludos también para Manuel, Pilar y Fátima), quienes me descubrieron lugares y paisajes que hasta entonces no conocía: el sorprendente Carnaval de Bielsa, las vertiginosas carreteras entre Lafortunada y Salinas, el maravilloso valle del río Isábena, y tantos otros.

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Mi quiniela para los Oscar y un epílogo mccarthyano

The man himself, fotografa de NMCIL Ortiz Domney en Flickr, licencia By-Nc-Sa 2.0 Aunque la cosecha cinematográfica del 2007 no haya sido precisamente memorable (el año ha resultado más bien flojo para el cine norteamericano, que además parece haberse olvidado de títulos tan interesantes como Deseo, peligro, de Ang Lee, o Zodiac, de David Fincher), la inminente ceremonia de entrega de los Oscar de Hollywood , que se celebrará esta noche en el Teatro Kodak de Los Ángeles, constituye una buena oportunidad para ceder a la tentación frívola y mitómana. Vaya pues, a continuación, y como ya hice el año pasado, mi particular quiniela de los Oscar.

El premio a la mejor película es justamente el que me resulta más difícil de decidir. Sólo he visto cuatro de los cinco films que aspiran al galardón (Expiación, Juno, Michael Clayton, No es país para viejos y Pozos de ambición), pero a no ser que Juno sea una maravilla (es la que me falta del lote), yo no se lo daría a ninguna. Expiación me gustó bastante, pero no es la película redonda que uno quisiera premiar a ojos cerrados. Michael Clayton tiene un indudable interés, pero para comprobarlo el espectador ha de sobreponerse a una trama densa y plomiza, sobre todo en sus primeros cuarenta o cincuenta minutos. Por su parte, Pozos de ambición es una historia grandilocuente, inflada y desmedida hasta decir basta, a la que le cabe el dudoso mérito de albergar la banda sonora más insoportable de los últimos tiempos. Tampoco los hermanos Coen han dado del todo en el clavo con No es país para viejos; de todas formas, cuentan con todas mis simpatías (y con mi voto reticente), por si de algo les sirve en la competición.

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Usos educativos de los blogs

Portada del libroSeguro que habrá muchos colegas docentes que cuando se enteraron, hace ya algunas semanas, de la publicación de Usos educatius dels blogs. Recursos, orientacions i experiències per a docentes, de Francesc Balagué y Felipe Zayas, sintieron cierta pereza ante la perspectiva de leerlo en catalán. Ese, lo confieso, fue mi primer pensamiento cuando supe por el blog de Felipe de la aparición de este libro. El segundo tuvo un carácter más práctico: como suponía que sería casi imposible encontrarlo en las librerías de Pamplona, decidí comprarlo en el sitio web de la Editorial UOC.

Yo no hablo catalán ni siquiera en la intimidad, pero no me ha costado ningún esfuerzo leer esta utilísima guía. De hecho, recogí el libro ayer por la tarde, y para el mediodía de hoy ya lo tenía leído y anotado. La exposición de los conceptos es clarísima, el desarrollo de los epígrafes sigue un orden tan sistemático como eficaz, y la brevedad de la mayor parte de los párrafos permite una lectura fluida. Quizás los docentes castellanoparlantes que todavía no se hayan acercado al ámbito de los blogs tengan alguna dificultad añadida, pero los que ya hemos transitado el terreno por donde pisan Balagué y Zayas podemos reconocer perfectamente sus huellas y las muchas y provechosas pistas que van dejando en cada uno de los epígrafes.

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Hélice 7

Portada de la revistaCon este séptimo número, recién salido de las prensas virtuales en que se ha imprimido (pues, como saben los aficionados, se distribuye en formato exclusivamente digital, en PDF), la revista Hélice cumple algo más de un año en la Red. Hélice ha sido fiel a su compromiso inicial de periodicidad -un número cada dos meses- y su trayectoria, cada vez más firme, se ve reconocida en la excelente acogida que cada nueva entrega merece entre los aficionados a la literatura fantástica y la ciencia ficción. En lo que a mí concierne, he de confesar que esperaba este número con ilusión muy especial, porque en él aparece una larga reseña de una de las novelas que más me han gustado en los últimos años: La carretera, de Cormac McCarthy, de la que ya traté brevemente en este blog, el pasado 15 de enero.

La sección de “Reflexión” de la revista comienza con un interesantísimo artículo de Juan Manuel Santiago sobre Alfred Bester, uno de los autores clásicos de la ciencia ficción de todos los tiempos. En realidad, el ensayo constituye una actualización o reedición revisada del texto que el propio Santiago publicó en la revista Gigamesh, con el título de “¡Bester, Bester!”, y que mereció el Premio Ignotus 2001 al mejor artículo de aquel año. No hay duda de que la calidad y rigor del estudio (uno de los mejores que hasta la fecha ha publicado Hélice), merece su reedición y la presencia destacada en esta séptima entrega de la revista.

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Placer victoriano, placer veneciano

Algo que me gusta de los veranos es que, sin proponérmelo y sin especiales esfuerzos, descubro o redescubro algún pequeño placer relacionado con la lectura. El verano pasado fue Brooklyn Follies de Paul Auster, y hace unos cuantos quedé completamente atrapada por el crimen victoriano de Anne Perry, especialmente con la serie del inspector Thomas Pitt. En principio, me atrajo lo propio del género (el crimen, las pistas, los sospechosos), pero la trama, la investigación y el suspense no eran lo más atractivo. Y así empecé una relación afectiva con aquel Londres de finales del XIX, donde Pitt y su esposa Charlotte diseccionan pasiones, analizan almas atormentadas y denuncian el mal en sus múltiples facetas.

Agotadas las existencias de Anne Perry, he dado con otra serie, también del género policíaco, en principio muy distinta a la victoriana. He cambiado el Londres decimonónico por la Venecia contemporánea de Donna Leon, y a Pitt y Charlotte por Guido Brunetti y su esposa, Paola Falier. A primera vista, pudiera parecer que una serie y otra sólo tienen en común el género y el hecho de contar al frente de las investigaciones con un marido, que es el comisario o inspector encargado del caso, y la cónyuge respectiva, que colabora con agudeza y sutil ingenio en la resolución del misterio. Pero, a pesar de las diferencias, hay más similitudes.
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El peligro del Gran Cotilla

Esta mañana me he dado de bruces, de pura chiripa, con una situación que me ha hecho pensar: una reseña que escribí hace veinte años y que versa sobre el libro de Amaro Soladana, La poesía de Eugenio de Nora, León, Institución “Fray Bernardino de Sahagún”, Excma. Diputación de León (CSIC), 1987 (se publicó en Anales de Literatura Española, VI, 1988, pp. 477-482) ha sido digitalizada e incluida en el sitio web de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Es una de mis escasísimas incursiones en el terreno de la crítica de poesía (de hecho, la única) y un trabajo al que no tengo demasiada simpatía, dado que en las separatas no figura el ISBN, por lo cual la reseña carece de valor en los procesos administrativos a los que he concurrido desde entonces.

No traigo este suceso al blog para presumir de currículo (bueno, un poco sí), sino para propiciar una reflexión pública sobre el alcance de Internet en nuestras cotidianas existencias. Mi caso, aunque muy diferente y desde luego mucho menos problemático, enlaza con la reciente declaración de la Agencia de Protección de Datos, la cual acaba de dar la razón a un profesor que se quejó de que Google había rastreado una sanción impuesta contra él en 2006 por una falta leve (un tanto chusca, por otra parte). La APD ha exigido al buscador que desactive el rastreo de ese incidente, señalando que la publicidad universal de la sanción atenta contra la dignidad del docente.

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Dos películas, dos libros, dos adaptaciones

Cartel de la pelculaEn las últimas semanas he visto dos películas basadas en novelas que me gustaron mucho cuando las leí: Soy leyenda, de Francis Lawrence, nueva versión de la novela homónima del autor norteamericano Richard Matheson, y Expiación: más allá de la pasión, de Joe Wright, adaptación de la obra del novelista inglés Ian McEwan. El hecho de que ambas adaptaciones mantengan el título original de las novelas es una de las pocas cosas que los dos films tienen en común, pues los presupuestos de los que han partido sus respectivos guionistas no pueden ser más distintos. Por cierto, me gustaría utilizar esta tribuna para protestar por el postizo cursi y ridículo que la distribuidora española ha añadido al hermosísimo título de las obras de McEwan y Wright, y que sólo puede explicarse como una muestra de desconfianza en la capacidad del público hispanohablante para entender el sentido del término. Que la industria cinematográfica española nos trate como idiotas es ofensivo (en el ámbito anglosajón no se ha hecho lo mismo, como puede verse en el cartel original, a pesar de que el sustantivo inglés “atonement” es tanto o más desacostumbrado que “expiación”), por mucho que un servidor, a la luz de su experiencia como docente, esté tentado de considerar que la mencionada suposición tiene bastante de verosímil.

Otro de los escasísimos elementos comunes a Soy leyenda y Expiación es la fructífera relación de los autores de ambas novelas con el cine. De la pluma de Matheson han salido muchos guiones para películas y series de televisión, pero también varias novelas y relatos que inspiraron títulos muy famosos: además de la citada Soy leyenda, que con la de Lawrence ha conocido tres versiones en la gran pantalla, se pueden citar films como El increíble hombre menguante, El diablo sobre ruedas o En algún lugar del tiempo; los aficionados harán bien en consultar a este respecto la página que dedica la IMDB a la actividad cinematográfica del escritor. Tampoco Ian McEwan es un recién llegado al séptimo arte, pues al menos cuatro de sus novelas se han llevado al cine (El placer del viajero, Amor perdurable, El jardín de cemento y El inocente), amén de varios relatos breves; por supuesto, la IMDB también dedica su correspondiente página a los avatares fílmicos de las obras del novelista inglés. Aunque las películas basadas en los textos de McEwan hayan tenido hasta la fecha una recepción más bien minoritaria, parece que con Atonement-Expiación se ha roto la tendencia, pues la cinta de Joe Wright ha tenido una acogida entusiasta (y a McEwan no la falló el olfato en este caso, pues ha participado en el rodaje del film en calidad de productor ejecutivo).

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La carretera, de Cormac McCarthy

Portada del libroAyer terminé una larga crítica de La carretera, la novela de Cormac McCarthy ganadora de la última edición del Premio Pulitzer para obras de ficción. Si todo va bien, mi trabajo se publicará en el próximo número de la revista Hélice, en la que colaboro con cierta regularidad y cuyos cinco primeros números (la aparición del sexto coincidió con alguna otra ocupación y no me dio tiempo a completar la correspondiente reseña), he comentado en este blog.

Como la crítica ya está comprometida, no sería correcto avanzar desde aquí su contenido. Sin embargo, quiero aprovechar la oportunidad para hacer una recomendación entusiasta a los habituales de La Bitácora del Tigre, sobre todo si son profesores, y todavía con más razón si son profesores de Lengua y Literatura: que lean La carretera, dos veces si es preciso (es un libro de poco más de doscientas páginas, de lectura fácil, aunque en ciertos momentos tan áspera y cruda que hay que hacer un alto y tomar aire) porque se trata de una obra literaria impresionante, de una expresividad y riqueza mayúsculas, destinada a convertirse en todo un clásico moderno.

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