Se nos fue Richard Widmark

Era uno de esos actores del cine norteamericano que todos los espectadores recuerdan, aunque no consigan acordarse de su nombre y apellido. No muy alto, muy rubio, siempre recio y viril, con una singular apostura cuando vestía traje y sombrero, yo tengo en la memoria la imagen vivísima de Richard Widmark, protagonista de muchas tardes lluviosas de los sábados y los domingos, durante aquellos años en que la televisión en blanco y negro congregaba ante su escueta programación de dos canales a toda la familia.

Es obvio que Widmark no disfrutaba del glamour y la prestancia de otros actores del cine clásico de Hollywood, pero tampoco me cabe la menor duda de que poseía un carisma especial. Desde muy pequeño siempre me sorprendió el fuego que ardía en cada uno de sus gestos y miradas. Interpretara papeles de héroe o de villano, de soldado, aventurero, detective o médico, aquel fuego interno estaba siempre en sus actuaciones, agazapado y a la espera de inundar la pantalla con una explosión de rabia, de ira o de contenido y tenso dramatismo.

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Mi quiniela para los Oscar y un epílogo mccarthyano

The man himself, fotografa de NMCIL Ortiz Domney en Flickr, licencia By-Nc-Sa 2.0 Aunque la cosecha cinematográfica del 2007 no haya sido precisamente memorable (el año ha resultado más bien flojo para el cine norteamericano, que además parece haberse olvidado de títulos tan interesantes como Deseo, peligro, de Ang Lee, o Zodiac, de David Fincher), la inminente ceremonia de entrega de los Oscar de Hollywood , que se celebrará esta noche en el Teatro Kodak de Los Ángeles, constituye una buena oportunidad para ceder a la tentación frívola y mitómana. Vaya pues, a continuación, y como ya hice el año pasado, mi particular quiniela de los Oscar.

El premio a la mejor película es justamente el que me resulta más difícil de decidir. Sólo he visto cuatro de los cinco films que aspiran al galardón (Expiación, Juno, Michael Clayton, No es país para viejos y Pozos de ambición), pero a no ser que Juno sea una maravilla (es la que me falta del lote), yo no se lo daría a ninguna. Expiación me gustó bastante, pero no es la película redonda que uno quisiera premiar a ojos cerrados. Michael Clayton tiene un indudable interés, pero para comprobarlo el espectador ha de sobreponerse a una trama densa y plomiza, sobre todo en sus primeros cuarenta o cincuenta minutos. Por su parte, Pozos de ambición es una historia grandilocuente, inflada y desmedida hasta decir basta, a la que le cabe el dudoso mérito de albergar la banda sonora más insoportable de los últimos tiempos. Tampoco los hermanos Coen han dado del todo en el clavo con No es país para viejos; de todas formas, cuentan con todas mis simpatías (y con mi voto reticente), por si de algo les sirve en la competición.

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El anuncio más inútil de la historia

Si hay algo que me molesta cuando voy al cine (y voy muy a menudo, de modo que me molesta con frecuencia), es el famoso anuncio contra la piratería que se proyecta antes de comenzar la película. Pensaba que sólo lo ponían en los cines, pero acabo de comprobar que también forma parte de los DVDs; por ejemplo, de todos los que componen el paquete de la primera temporada de la serie Prison Break, que Pilar y yo llevamos algunos días disfrutando.

A quién se le habrá ocurrido la idea de incluir en los DVDs anuncios irreductibles al mando a distancia (el caso de la publicidad anti piratería no es el único, por cierto; en muchas colecciones de DVDs hay cortinillas que uno se tiene que tragar, velis nolis). Es un abuso sobre los consumidores y además una burla, pues justamente sólo padecen esta intrusión quienes compran el material audiovisual y no quienes lo piratean. Vale, ya sé que no soy un santo y que yo también participo de la fiesta del P2P, pero alguien tendría que advertir a las productoras y distribuidoras cinematográficas que con estas prácticas no se disuade a los consumidores de la práctica del pirateo. Más bien se alienta a ella, por vía del cabreo inducido.

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John Williams y el gozo de la música de cine

Portada del disco The Spielberg/Williams CollaborationSi hay un compositor de bandas sonoras conocido por casi cualquier ser humano que tenga sentido del oído, ése es John Williams. Autor de la música de más de cien películas, sus obras están indeleblemente impresas en la memoria de varias generaciones de aficionados al séptimo arte, y forman parte de la cultura popular de nuestra época, al menos por dos buenos motivos: en primer lugar, porque la música de Williams tiene un acusado sentido melódico y orquestaciones brillantísimas; y en segundo lugar, porque las bandas sonoras del compositor norteamericano están asociadas a una larga serie de films de éxito universal. Lo demuestran los títulos en que ha intervenido desde mediados de la década de los setenta, época en que accedió a una posición incomparable en la industria cinematográfica norteamericana (y no suele tenerse en cuenta el hecho de que para entonces ya llevaba veinte años en el oficio), de la mano del entonces jovencísimo Steven Spielberg, con el que ha colaborado en veintidós películas

Sin ánimo de agotar la lista, he aquí los ejemplos más significativos de su producción desde entonces: Tiburón (1975), la hexalogía de La guerra de las galaxias (1977-2005), Encuentros en la tercera fase (1977), Supermán (1978), 1941 (1979), la trilogía de Indiana Jones (1981-1989; para 2008 se espera la cuarta entrega, también con música de Williams), E.T., el extraterrestre (1982), El imperio del sol (1987), Las brujas de Eastwick (1987), El turista accidental (1988), Nacido el cuatro de julio (1989), Presunto inocente (1990), Solo en casa (1990), Hook (1991), JFK (1991), Parque Jurásico (1993), La lista de Schindler (1993), Nixon (1995), Sabrina (1995), Sleepers (1996), El mundo perdido (1997), Siete años en el Tíbet (1997), Salvar al soldado Ryan (1998), Las cenizas de Ángela (1999), El patriota (2000), Inteligencia artificial (2001), la serie de Harry Potter (2002-2007), Atrápame si puedes (2002), Minority Report (2002), La terminal (2004), La guerra de los mundos (2005), Memorias de una geisha (2005) y Munich (2005).

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Dos películas, dos libros, dos adaptaciones

Cartel de la pelculaEn las últimas semanas he visto dos películas basadas en novelas que me gustaron mucho cuando las leí: Soy leyenda, de Francis Lawrence, nueva versión de la novela homónima del autor norteamericano Richard Matheson, y Expiación: más allá de la pasión, de Joe Wright, adaptación de la obra del novelista inglés Ian McEwan. El hecho de que ambas adaptaciones mantengan el título original de las novelas es una de las pocas cosas que los dos films tienen en común, pues los presupuestos de los que han partido sus respectivos guionistas no pueden ser más distintos. Por cierto, me gustaría utilizar esta tribuna para protestar por el postizo cursi y ridículo que la distribuidora española ha añadido al hermosísimo título de las obras de McEwan y Wright, y que sólo puede explicarse como una muestra de desconfianza en la capacidad del público hispanohablante para entender el sentido del término. Que la industria cinematográfica española nos trate como idiotas es ofensivo (en el ámbito anglosajón no se ha hecho lo mismo, como puede verse en el cartel original, a pesar de que el sustantivo inglés “atonement” es tanto o más desacostumbrado que “expiación”), por mucho que un servidor, a la luz de su experiencia como docente, esté tentado de considerar que la mencionada suposición tiene bastante de verosímil.

Otro de los escasísimos elementos comunes a Soy leyenda y Expiación es la fructífera relación de los autores de ambas novelas con el cine. De la pluma de Matheson han salido muchos guiones para películas y series de televisión, pero también varias novelas y relatos que inspiraron títulos muy famosos: además de la citada Soy leyenda, que con la de Lawrence ha conocido tres versiones en la gran pantalla, se pueden citar films como El increíble hombre menguante, El diablo sobre ruedas o En algún lugar del tiempo; los aficionados harán bien en consultar a este respecto la página que dedica la IMDB a la actividad cinematográfica del escritor. Tampoco Ian McEwan es un recién llegado al séptimo arte, pues al menos cuatro de sus novelas se han llevado al cine (El placer del viajero, Amor perdurable, El jardín de cemento y El inocente), amén de varios relatos breves; por supuesto, la IMDB también dedica su correspondiente página a los avatares fílmicos de las obras del novelista inglés. Aunque las películas basadas en los textos de McEwan hayan tenido hasta la fecha una recepción más bien minoritaria, parece que con Atonement-Expiación se ha roto la tendencia, pues la cinta de Joe Wright ha tenido una acogida entusiasta (y a McEwan no la falló el olfato en este caso, pues ha participado en el rodaje del film en calidad de productor ejecutivo).

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En la muerte de Delbert Mann

No era uno de mis cineastas favoritos, pero hay dos películas suyas que me gustan mucho, y sobre cuyas mejores escenas vuelvo a menudo, siempre con una emoción muy especial. No estoy del todo seguro, pero creo que supe de la existencia de ambas por el programa de José Luis Garci Qué grande es el cine, cuyo hueco en la programación es una de las causas que me han hecho desertar de la pequeña pantalla (otra es el blog, pero de este asunto trataré otro día, con más calma).

La primera es Marty, de 1955, la historia de un carnicero tímido y bonachón, que consigue librarse de la influencia de una madre posesiva y de un círculo de amigos insoportables, para comprometerse con la muchacha a la que ama (la adorable Betsy Blair, que poco después intervendría en Calle mayor, a las órdenes de Juan Antonio Bardem). Marty se llevó, merecidísimamente, cuatro Oscar de la Academia de Hollywood: a la mejor película, al mejor actor principal (Ernest Borgnine, en una actuación sorprendente para muchos espectadores, que sólo lo creíamos capaz de papeles exagerados y truculentos), al mejor director y al mejor guión original. Quizás les resulte un poco anticuada a los jóvenes de hoy en día, a pesar de su realismo casi documental (o precisamente por eso; hay muchos chavales que huyen del realismo como de la peste), pero es una historia admirable, profundamente educativa, con una calidez y sinceridad muy poco habituales. Aquí va un vídeo del desenlace: Marty, enfrentado a la perspectiva de un interminable y tedioso fin de semana, manda a la porra a la cuadrilla de amigotes y se decide a llamar a la chica a la que todos desprecian y a la que él quiere con todas y cada una de las fibras de su tremendo corpachón.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=GZzen4DnSPw[/youtube]

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El problema con la fuente RSS, resuelto

En varias ocasiones anteriores (véanse, por ejemplo, las entradas del 9-I-2007, 31-I-2007 y 26-VI-2007), he contado mis cuitas con la fuente RSS del blog, que diversos servicios (Feed Validator o W3C Feed Validation Service) consideraban correcta, a pesar de lo cual entraba en conflicto con el agregador de Planeta Educativo. De hecho, en los últimos tiempos ocurría con frecuencia que, por algún motivo que no conseguía descubrir, la fuente RSS no era bien interpretada, y por tanto las novedades de mi blog no eran visibles para los visitantes del planeta.

Pues bien, me alegra señalar que, gracias a la impagable colaboración de Luis Barriocanal, esos problemas parecen por fin superados. Ayer Luis me mandó un correo indicándome que por fin había conseguido encontrar al esquivo culpable, que no es otro que el Embedded Video With Link, el plugin para WordPress que yo suelo utilizar para gestionar los vídeos de La Bitácora del Tigre. Identificado el causante del embrollo, lo demás ha sido relativamente fácil: buscar entre los plugins que hacen un servicio semejante, escoger el más apropiado (Viper’s Video Quicktags ha sido el elegido), instalarlo y sustituir en todas las entradas del blog las llamadas al complemento problemático por el código propio del nuevo.

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Henry Mancini, Mr. Lucky

Portada del discoEs sorprendente (y desde luego imperdonable) que a la sección de Podcasts de La Bitácora del Tigre no haya llegado todavía uno de mis compositores de bandas sonoras predilectos: Henry Mancini, el músico de las melodías de seda, el autor de temas elegantísimos y seductores, que parecen haber nacido para ser tarareados infinitamente, hasta el fin de los tiempos.

A Mancini le conoce hasta el más recalcitrante enemigo de la gran pantalla, gracias al tema principal de La pantera rosa, que originalmente fue una de las más afortunadas películas cómicas de un genio de la comedia como Blake Edwards (músico y cineasta trabajaron juntos en nada menos que 28 títulos), y que con el correr de los años se convirtió en santo y seña musical de una celebérrima serie de dibujos animados. En Pamplona lo conoce todo el mundo, aunque no sepa su nombre, porque en los tendidos de sol de la plaza de toros de San Fermín, durante las corridas, las fanfarres de las peñas suelen interpretar, siempre con gran efectismo y éxito garantizado, los compases iniciales de Peter Gunn (varias versiones del tema pueden escucharse en Radio.Blog.Club).

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Las 13 rosas

Cartel de la pelculaFui a ver Las 13 rosas, la reciente película de Emilio Martínez-Lázaro sobre las jóvenes fusiladas por la represión franquista poco después del término de la Guerra Civil, con el firme propósito de no dejarme conmover. Ya he señalado alguna vez en este blog que tengo la lágrima fácil y me emociono hasta con los anuncios de la radio, de modo que no lo hice por un prurito de impasibilidad o altanería. Más bien tuve presente una observación que más de una vez ha hecho Javier Marías, creo recordar que aplicada al cine español: al llevar este tipo de historias a la gran pantalla, sus productores juegan con ventaja, pues resulta imposible que el espectador no simpatice con los personajes y no apoye su causa.

Con todo, la película me conmovió. Es probable que su recuerdo no sea tan perdurable como lo pretende, pero durante algunos momentos me dejó transido de emoción y de angustia ante el trágico destino de sus protagonistas y lo injusto y cruel de su martirio. Y todo ello a pesar de un comienzo muy flojo, y de su innegable tendencia a abusar de los trucos (no sólo los sentimentales, inevitables hasta cierto punto) y a ceder a la tentación del recurso fácil. Mal comienza, en efecto, Las 13 rosas, pues arranca con unos títulos de crédito un tanto tramposos, que simulan fotos de época y que luego se revelan como planos extraídos de la película, sigue con un mitin del todo inverosímil (mal interpretado y rodado de forma muy desangelada), en el que llevan la voz cantante Virtudes y Carmen, dos de las protagonistas de la historia, y muestra a continuación unas escenas a campo abierto donde los figurantes que desfilan -la típica mezcolanza de falangistas, requetés y soldados regulares, todos ellos cantando el “Yo tenía un camarada”- parecen haber salido de la utilería diez minutos antes de marchar ante la cámara.

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¿Es Nicole Kidman una alienígena?

Cartel de la pelculaA tenor de lo que vi el viernes en Invasión, cabe concluir que sí, que es probable que lo sea. La doctora Bennell, la distinguida psiquiatra a la que presta su longilínea percha la actriz australiana, es acosada, asediada, asaltada, golpeada y expuesta a toda clase de violencias y terrores, incluso le vomita encima su marido, en una secuencia que debería pasar a la historia del cine como una metáfora del machismo recalcitrante que se resiste a dejar paso a una “feminista posmoderna”, por utilizar la definición que de sí misma ofrece la protagonista en una secuencia clave del film. Y a pesar de todo, Nicole Kidman no pierde nunca el look impecable, de altísima e inabordable estatua de sal, que la caracteriza en sus últimas películas.

Que conste que yo no tengo nada contra ella, antes al contrario. A mí me gusta mucho, como actriz y como mujer, qué diablos, aunque tengo la impresión de que con el correr de los años se ha ido desnaturalizando, y perdiendo ese punto de turbia y elegante perversidad que la hacía tan atractiva en películas como Calma total, Malicia, Prácticamente magia y, sobre todo, Eyes Wide Shut. Convertida en uno de los últimos exponentes del glamour hollywoodense, cada vez se la ve más pluscuamperfecta, pero también más estirada, más fría. Además, por mucho que se esfuerce, la Kidman resulta rotundamente increíble en papeles de heroína de acción (en Invasión hay una secuencia delirante, cuando la doctora Bennell trata de huir de Baltimore, con el coche prácticamente enterrado por los cuerpos de los no-humanos que quieren hacer que se duerma y despierte convertida en una de ellos), especialmente cuando el guión trata de hacerlos compatibles con las funciones de madre-abnegada-pero-al-mismo-tiempo-profesional-intachable, como pretende la película de Oliver Hirschbiegel.

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