Un buen aficionado al séptimo arte podría pasarse años viendo filmes como Mi hermosa lavandería, Un mundo aparte, Rain Man, Black Rain, Paseando a Miss Daisy, Días de trueno, Matrimonio de conveniencia, Thelma y Louise, A propósito de Henry, Ellas dan el golpe, Amor a quemarropa, La casa de los espíritus, El rey León, Marea roja, Más allá de Rangún, Broken Arrow, La mujer del predicador, Mejor imposible, La delgada línea roja, Gladiator, Hannibal, Pearl Harbour, Black Hawk derribado, Lágrimas del sol, El último samurai, Madagascar o El código Da Vinci sin darse cuenta de que todos ellos tienen en común la música del alemán Hans Zimmer, un compositor versátil y prolífico, auténtico todoterreno de la música para películas.
Cine comercial y de éxito, como puede colegirse de esta larga serie de títulos (y que conste que en ella no están todos los que son). Pero, cuidado con dar nada por supuesto, porque las películas que acabo de mencionar están firmadas por gente tan cualificada como los hermanos Ridley y Tony Scott, Terrence Malick, James L. Brooks, Ron Howard, Barry Levinson, Bruce Beresford, Mimi Leder, mi admiradísimo John Boorman, mi no menos admirado Peter Weir, Penny Marshall o Mike Nichols, todos ellos directores y directoras de prestigio, tal vez no de primerísima fila, pero en todo caso de gran nivel.
Hace casi un mes comenté en esta bitácora
Infiltrados, una de esas películas de mafiosos contemporáneos en las que Scorsese es un especialista consumado (recordemos títulos tan emblemáticos en la carrera del director neoyorkino como Uno de los nuestros o Casino), tal vez sea la película más impactante de las cuatro, aunque no necesariamente la más redonda. Intensa, apasionante, llena de furia, conviene advertir que es al mismo tiempo una película muy violenta, masculina en grado superlativo (apenas hay personajes femeninos, y algunos de los protagonistas exudan testosterona hasta por la punta de los zapatos), determinada por una visión absolutamente escéptica del mundo, en el que no parece haber más que corrupción, mentira y deseo de poder. Es, también, una película narrativamente sobresaliente, sobre todo en su primera media hora, encargada de presentar a sus dos protagonistas: un infiltrado mafioso en la policía y su correlato especular, un agente policial a su vez infiltrado en la organización criminal a la que aquél pertenece.