Había pensado titular la reseña de una manera un poco más enérgica -La novela más inverosímil del mundo-, pero he preferido ser prudente. Al fin y al cabo, me quedan muchas por leer; además, a la vista de las recientes modas enigmáticas y conspiratorias que se han impuesto en el mercado editorial, no es improbable que dentro de un par de meses aparezca alguna historia todavía más desatinada e inconcebible que El resurgir de la Atlántida, de Thomas Greanias.
Porque eso es, ni más ni menos, esta novela: un desatino colosal desde la primera hasta la última página, un relato descabalado y grotesco, construido a base de superponer retazos de enigmas vagamente históricos e hipótesis seudocientíficas, y cuyas inverosimilitudes e inconsecuencias sólo se soportan por un efecto paradójico: el que provoca su acumulación, la creciente e ilimitada audacia del novelista norteamericano, que aquí logra un raro efecto: el de saturar la sensibilidad del lector y hacerle entrar en una especie de trance hipnótico, resistente a la vigilancia crítica, del que tras despertar sólo queda una monumental resaca.
Es más que probable que los lectores habituales de La Bitácora del Tigre hayan advertido ya mi fascinación por la civilización romana y sus obras. A quienes todavía no se hayan dado cuenta de ella, les recomiendo la reseña de la novela de León Arsenal
Últimamente parece como si el cine español no fuera capaz de ingeniar una comedia sobre las relaciones de pareja sin acudir a un planteamiento que, a fuer de repetido, ha acabado por convertirse en un cómodo estereotipo, cuando no en una concesión a la corrección política: los hombres son irresponsables, indecisos y cantamañanas (o bien unos perfectos calzonazos), y las mujeres ejemplos indiscutibles de las virtudes de la sensatez y la responsabilidad.
Si la distinción de sexo tiene alguna importancia a la hora de clasificar la obra de un escritor (yo no creo que sea más esencial que los detalles de su educación y su formación literaria, o la lengua en la que escribe), he de reconocer humildemente que no practico tanto como debiera la lectura de esa difusa categoría que, a falta de mejor nombre, se denomina “literatura femenina”?. Quizás por un poco de mala conciencia, quizás también por la curiosidad que en mí despertó la reseña de Fernando Castanedo en