El pasado jueves publicó Vicente Verdú en El País un artículo, “Los niños son más listos que nunca”, cuya lectura me ha sumido en honda perplejidad. Comienza Verdú con una afirmación (“Todos los padres lo saben: los niños de ahora son más listos que los de antes”), que avala con los resultados comparativos de los tests de inteligencia de las últimas décadas, los cuales muestran un incremento significativo del CI de nuestros jóvenes con respecto a generaciones anteriores. Yo no soy experto en el tema, pero algo había leído ya sobre este fenómeno, que algunos explican como consecuencia de la cada vez mayor presencia de los estímulos visuales en la experiencia cotidiana de los jóvenes. Esa hiperestimulación redunda, a su vez, en el incremento de las capacidades de percepción y atención, que son tan esenciales a la hora de alcanzar una puntuación elevada en los tests de inteligencia.
No tengo por qué dudar de la veracidad de los datos empíricos que aporta Verdú (no obstante, cabría precisar que ni la inteligencia en el sentido cabal del término, ni mucho menos la educación integral de la persona son reductibles a las puntuaciones de los tests). Tampoco voy a lamentarme, antes al contrario, de las crecientes oportunidades de formación y ocio que tienen a su alcance los jóvenes de hoy, ni tengo el menor interés por negar la mejora evidente que los sistemas educativos y las métodos didácticos deben al “entorno más diverso y repleto”, propio de las sociedades desarrolladas, que favorece el incremento de la inteligencia. De todas formas, algunos de los ejemplos que invoca Verdú como elementos característicos de ese medio estimulante y vivificador resultan algo chuscos: ¿de verdad se puede sostener en serio que “las intrigas de los telefilmes o los videojuegos Actual [supongo que aquí hay una errata] multiplican al menos por tres el grado de complejidad que veíamos, hace treinta años, en las series de TVE”?
Los méritos literarios de Estado de miedo, la última novela de Michael Crichton publicada en España, son, por decirlo de una manera elegante, más que discutibles. Los personajes no tienen la menor solidez, la trama se deshace en un conjunto deslavazado de situaciones a cuál más insostenible, y la escritura no sobrepasa un nivel crudamente funcional, sin el menor rasgo de estilo (tampoco la traducción ayuda gran cosa a mejorarla, por cierto). De hecho, estoy convencido de que se trata de una de las novelas más flojas de Michael Crichton, y seguramente también una de las más aburridas. Me caben serias dudas, además, de que se pueda considerar como una novela en sentido estricto, pues tanto por la actitud autoral que la preside como por su despliegue erudito (con gráficos, notas a pie de página y un larguísimo listado bibliográfico), se encuentra más cerca del ensayo, e incluso en ciertos aspectos del panfleto, que de los parámetros que suelen considerarse habituales en el ámbito de la ficción literaria.
He tomado prestado para esta reseña el título de la
Con la emisión de sus dos últimos capítulos, la cadena Cuatro dio ayer finiquito a la serie Roma, en medio de una efusión de sangre y violencia que raramente se ve por la tele con semejante intensidad y detalle. La verdad es que resultaba difícil soportar las imágenes del ex-legionario Tito Pullo amputando miembros y cortando cabezas de los gladiadores a los que se enfrentaba, en calidad de condenado al circo por el asesinato de un ilustre ciudadano romano. No menos terrible fue el desenlace de la secuencia, con la espantosa muerte del último de los gladiadores, un tiparraco de aspecto horrible armado con una maza no menos horrorosa, a manos del magistrado Lucio Voreno, que se había arrojado a la arena para ayudar a su amigo Pullo, extenuado por el combate y al borde de la muerte.
A juzgar por el resultado de mi selección, tengo que concluir que me va fallando el ojo clínico, pues nada de lo que he visto se merece la proverbial descarga de cohetes. La peor, para mi gusto, ha sido la primera película, Tierra de pasiones, una producción histórica canadiense que presenta de forma muy crítica la absorción de la colonia de la Nueva Francia (lo que actualmente es la provincia de Quebec) por parte de la corona inglesa, todo ello entreverado con los vericuetos de una tristísima historia de amores desgraciados por la que pululan en notoria confusión indígenas americanos, colonos franceses e ingleses despiadados. Aunque muy ambiciosa sobre el papel, lo que vemos en la pantalla no pasa de un dramón inconsistente e irregular. Parece ser que la copia que ha llegado a nuestras carteleras estaba muy mutilada con respecto al original, y ello tal vez explique las quiebras de una historia que, a juzgar por lo que yo he visto, carece de atractivo y de gancho.