Acabo de actualizar la versión de WordPress que gestiona La Bitácora del Tigre, que hasta ahora venía funcionando con la versión 1.5.1.2 de este magnífico gestor de contenidos. La última actualización instala la versión 1.5.2., la mayoría de cuyos cambios están relacionados con los inevitables problemas de seguridad. He aquí un breve tutorial del proceso:
- Hacer una copia de seguridad de la base de datos. Yo la he realizado mediante el PHPMyAdmin que me proporciona la compañía que aloja mi bitácora.
- Descargar el ZIP correspondiente, desde aquí, y descomprimirlo en un directorio del disco duro. De los subdirectorios creados tras descomprimir el ZIP, se puede borrar el /wp-images, pues los gráficos que contiene son iguales a los de la versión anterior
- Subir mediante un cliente FTP los archivos modificados de la nueva versión. En vez de sobreescribir los archivos existentes, conviene borrar primero los de los directorios /wp-admin e /wp-includes. Una vez borrados, se suben los nuevos. Es importante tener en cuenta que si el usuario (es mi caso), tiene un fichero de lenguaje (con la extensión .mo) en el subdirectorio /wp-includes/languages deberá conservarlo.
- Subir el directorio /wp-content con sus subdirectorios correspondientes. Esta fase no es estrictamente necesaria si no se desea retocar los temas que se instalan por defecto (default y classic). Yo, de hecho, no he cambiado nada del tema que tengo activo, pues además está bastante transformado con respecto al original.
- Borrar todos los archivos del directorio principal de WordPress, a excepción de wp-config.php, dado que este archivo guarda información esencial de la configuración de la herramienta, y subir a continuación los nuevos.
Y la verdad es que todo ha funcionado como la seda. Yo no he notado ninguna diferencia con la versión anterior, aunque todavía no he hecho pruebas a fondo. Si veo alguna diferencia o advierto algún problema, los anotaré en esta sección.
Eso es lo que propone Javier Orrico en La enseñanza destruida, una radical, polémica y apasionada enmienda a la totalidad, un ataque frontal contra los responsables de haber dañado (en su opinión, de forma casi irreparable) el sistema educativo español, de inutilizar para el futuro a un par de generaciones de jóvenes y de sembrar la frustración, el desánimo y la apatía entre sus profesores.
La historia del hombre que consigue superar los reveses de la fortuna y triunfar en sus ilusiones y esperanzas constituye todo un símbolo del american way of life, un emblema de los valores que inspiran el modo de vida norteamericano y, por supuesto, su cinematografía. Decenas, cientos, miles de películas se han construido sobre ese modelo narrativo, hasta el punto de que ha llegado a convertirse en un motivo predilecto de las bromas y cuchufletas de los debeladores del cine estadounidense.
La relación de los docentes con las Tecnologías de la Información y la Comunicación (en adelante, TIC) es un fenómeno en el que conviven situaciones muy diversas: fascinación de unos, rechazo de otros y variadas perplejidades de casi todos. Todavía no sabemos muy bien qué hacer con un conjunto de conocimientos, tecnologías y herramientas tan prometedoras como llenas de enigmas. Más allá de problemas prácticos y organizativos derivados de la incorporación masiva de los ordenadores al ámbito escolar (problemas, por cierto, que consumen una enorme cantidad de energías, hasta el punto de ocultar otros de mayor trascendencia), los docentes seguimos teniendo dudas sobre nuestra capacidad para adecuar la práctica escolar al imperio de las nuevas tecnologías, y sobre la idoneidad de éstas para movilizar los conocimientos, estrategias y técnicas que han de contribuir a mejorar la formación de nuestros alumnos.
Aunque las películas de miedo no son mi género favorito, de vez en cuando me gusta que me asusten en la sala de proyección. El problema es que, con frecuencia mucho mayor de la deseable, uno acude al cine con la perspectiva de un deleitoso escalofrío y se encuentra con emociones muy diferentes, que prefiero no detallar por respeto a los lectores. Entre los subproductos de y para adolescentes (víctimas y verdugos, igual de absurdos y homicidas unos y otros), las historias construidas a mayor gloria de los fabricantes de sangre artificial y los delirios de la planificación sincopada y frenética, el espectador acaba por cobrar la sospecha de que el género se ha muerto sin hacer testamento y que de él sólo sobreviven pálidos fantasmas.