Actualización de WordPress a la versión 1.5.2

Acabo de actualizar la versión de WordPress que gestiona La Bitácora del Tigre, que hasta ahora venía funcionando con la versión 1.5.1.2 de este magnífico gestor de contenidos. La última actualización instala la versión 1.5.2., la mayoría de cuyos cambios están relacionados con los inevitables problemas de seguridad. He aquí un breve tutorial del proceso:

  1. Hacer una copia de seguridad de la base de datos. Yo la he realizado mediante el PHPMyAdmin que me proporciona la compañía que aloja mi bitácora.
  2. Descargar el ZIP correspondiente, desde aquí, y descomprimirlo en un directorio del disco duro. De los subdirectorios creados tras descomprimir el ZIP, se puede borrar el /wp-images, pues los gráficos que contiene son iguales a los de la versión anterior
  3. Subir mediante un cliente FTP los archivos modificados de la nueva versión. En vez de sobreescribir los archivos existentes, conviene borrar primero los de los directorios /wp-admin e /wp-includes. Una vez borrados, se suben los nuevos. Es importante tener en cuenta que si el usuario (es mi caso), tiene un fichero de lenguaje (con la extensión .mo) en el subdirectorio /wp-includes/languages deberá conservarlo.
  4. Subir el directorio /wp-content con sus subdirectorios correspondientes. Esta fase no es estrictamente necesaria si no se desea retocar los temas que se instalan por defecto (default y classic). Yo, de hecho, no he cambiado nada del tema que tengo activo, pues además está bastante transformado con respecto al original.
  5. Borrar todos los archivos del directorio principal de WordPress, a excepción de wp-config.php, dado que este archivo guarda información esencial de la configuración de la herramienta, y subir a continuación los nuevos.

Y la verdad es que todo ha funcionado como la seda. Yo no he notado ninguna diferencia con la versión anterior, aunque todavía no he hecho pruebas a fondo. Si veo alguna diferencia o advierto algún problema, los anotaré en esta sección.

Enmienda a la totalidad

Portada del libroEso es lo que propone Javier Orrico en La enseñanza destruida, una radical, polémica y apasionada enmienda a la totalidad, un ataque frontal contra los responsables de haber dañado (en su opinión, de forma casi irreparable) el sistema educativo español, de inutilizar para el futuro a un par de generaciones de jóvenes y de sembrar la frustración, el desánimo y la apatía entre sus profesores.

Leer La enseñanza destruida no es una experiencia agradable, sino más bien al contrario. Cualquiera que mantenga el más mínimo compromiso con la vocación docente, sentirá al recorrer sus páginas emociones muy poco confortadoras. Por un lado, angustia, una angustia sólida y pastosa, que se pega al paladar por mucho que uno intente tomar perspectiva ante las polémicas afirmaciones que brotan en cascada a cada párrafo. Por otro, una indignación universal: hacia el autor que se atreve a sacarnos de la modorra, por supuesto hacia los muñidores del desgobierno imperante, contra los que brama Orrico con voz a menudo descompuesta, e incluso hacia nosotros mismos, los docentes, que con demasiada frecuencia mantenemos una esquizofrénica convivencia entre nuestras manifestaciones públicas y nuestras más íntimas convicciones. En último término, lo que se desprende de la lectura de este combativo panfleto (y de eso se trata, de un panfleto, tanto en el mejor como en el peor sentido de la palabra), es una sensación inextinguible de pena, de melancolía y, acaso, también de vergüenza.

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Google y las bitácoras

Por lo que yo he podido comprobar en el casi medio año que lleva en pie La Bitácora del Tigre, a Google se le daba bastante bien lo de indexar los weblogs. De hecho, creo que los registraba con más rapidez que las páginas web tradicionales. Uno componía una entrada, la subía a su servidor, esperaba un par de días (a veces menos) y, ¡alehop!, el Google inmortalizaba la ocurrencia del día para siempre jamás.

Pero he aquí que los ingenieros al servicio de la empresa fundada por Larry Page y Sergey Brin no se conforman con lo que tenían hasta ahora (y hacen bien, aunque lo cierto es que el afán de Google por penetrar en todos y cada uno de los segmentos del mercado de Internet desprende un tufillo sospechoso). Aunque todavía se encuentra en fase beta, Google acaba de presentar un motor especializado en la búsqueda de bitácoras y de las entradas que las forman (los posts). El invento se llama, cómo no, Google Blogsearch, y está disponible en castellano, para quien lo quiera probar. Al igual que su primo mayor, Google Blogsearch es muy configurable, e incluye gran cantidad de opciones para la búsqueda avanzada.

El usuario interesado puede acceder a este servicio desde un interfaz similar a Google, en http://www.google.com/blogsearch, o al estilo de Blogger, en http://search.blogger.com.

Más información, tan bien presentada y ordenada como de costumbre (y en español), aquí.

Uno de nuestros mejores escritores

Acabo de leer la columna que, como todos los lunes, publica Eduardo Mendoza en la última página de El País. “Cachete”, se titula, y en ella arroja algunas demoledoras cargas de profundidad contra esos insidiosos submarinos de la corrección política que en las últimas semanas han solicitado una reforma de las leyes españolas, encaminada a sancionar los castigos físicos contra los niños en el hogar.

Frente a la bobaliconería imperante en estos asuntos, Mendoza pone de relieve, con ese humor tan suyo (que no sólo es una marca de la casa, sino un verdadero alivio de los habituales sobresaltos que nos depara la prensa a la hora del desayuno) algunas verdades como puños. Ahí va el párrafo central, realmente antológico:

Confieso que a mí, personalmente, la cosa no me parece tan reprobable. Por supuesto, sería mejor reemplazar el guantazo por una razonada persuasión, pero los niños no son, en general, muy reflexivos, y no todos los padres están dotados de la necesaria capacidad dialéctica. En cambio, los niños, en especial los más pequeños, viven en un estado de constante violencia física. Cada dos por tres se van de morros por el suelo, se hacen chichones con los cantos de las mesas y, si son activos y curiosos, se caen al agua y se electrocutan metiendo el dedo en el enchufe. Los parvularios son verdaderos campos de Agramante. También las muestras de afecto que dan y, sobre todo, que reciben son de este tipo: besuqueos, morisquetas, achuchones y mordiscos. Los bebés son lanzados repetidamente al aire y vueltos a recoger con gran contentamiento; pocos adultos se ven sometidos a esta experiencia. Creo que el bofetón casero debe ser examinado en este contexto.

Hace ya mucho tiempo que Mendoza tiene bien ganada una posición de prestigio en la historia de la literatura española. Columnas como la de hoy demuestran que, además de un narrador magistral y sumamente entretenido, es también un hombre con la cabeza en su sitio, que en vez de apuntarse al seguimiento de consignas sectarias (un vicio cada vez más evidente en un diario de tanto prestigio como El País) se deja guiar por la sensatez y por un sentido común apabullante. Un lujo, el de mi tocayo barcelonés en el matutino madrileño.

Miseria y triunfo en la América de la Depresión

Cartel de la pelculaLa historia del hombre que consigue superar los reveses de la fortuna y triunfar en sus ilusiones y esperanzas constituye todo un símbolo del american way of life, un emblema de los valores que inspiran el modo de vida norteamericano y, por supuesto, su cinematografía. Decenas, cientos, miles de películas se han construido sobre ese modelo narrativo, hasta el punto de que ha llegado a convertirse en un motivo predilecto de las bromas y cuchufletas de los debeladores del cine estadounidense.

Ya sé que la afirmación no será muy popular entre esos iconoclastas, pero a mí me gustan las historias de derrota, superación y triunfo, aunque sean tópicas y aunque muchas veces tiendan al maniqueísmo. Frente al cinismo imperante en nuestros días, disfrazado de matices y de relativismos, yo siempre he defendido la necesidad de creer en héroes, aunque sean imaginarios (o, justamente, por ser imaginarios). Si uno lee libros y ve películas, pienso yo, es probable que lo haga para encontrar en ellos las emociones, los personajes y los valores que con tan escasa frecuencia reconoce en el mundo real. Me adelanto a las posibles objeciones: vale, ya sé que la literatura y el cine han de servir para analizar e interpretar la realidad y no para sustituirla. Es cierto, pero no lo es menos que el ser humano vive tanto de hechos como de ilusiones y sueños.

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Internet, la imprenta del siglo XXI

Portada del libroLa relación de los docentes con las Tecnologías de la Información y la Comunicación (en adelante, TIC) es un fenómeno en el que conviven situaciones muy diversas: fascinación de unos, rechazo de otros y variadas perplejidades de casi todos. Todavía no sabemos muy bien qué hacer con un conjunto de conocimientos, tecnologías y herramientas tan prometedoras como llenas de enigmas. Más allá de problemas prácticos y organizativos derivados de la incorporación masiva de los ordenadores al ámbito escolar (problemas, por cierto, que consumen una enorme cantidad de energías, hasta el punto de ocultar otros de mayor trascendencia), los docentes seguimos teniendo dudas sobre nuestra capacidad para adecuar la práctica escolar al imperio de las nuevas tecnologías, y sobre la idoneidad de éstas para movilizar los conocimientos, estrategias y técnicas que han de contribuir a mejorar la formación de nuestros alumnos.

Aunque sea un magro consuelo, no somos los únicos en sentirnos perplejos. El libro de Alejandro Piscitelli, Internet, la imprenta del siglo XXI, demuestra que el fenómeno de Internet, que desde hace algunos años es el buque insignia de la penetración de las TIC en el ámbito escolar, es tan complejo y desconcertante que ni siquiera los expertos acaban por estar de acuerdo en su diagnóstico cabal, y, mucho menos, en las recetas que han de permitir su incorporación fructífera a la actividad pedagógica. De todas formas, los profesores que se aproximen a este libro podrán reconocer a su autor un mérito indudable: que, si no resuelve todas sus dudas, al menos las aborda desde un enfoque sensato y mesurado, tan ajeno a los excesos de la tecnofilia (pero siempre ha de existir un cierto grado de fascinación tecnológica en quienes escribimos sobre estas cosas) como a las profecías apocalípticas de quienes ven en el nuevo medio de comunicación poco menos que un cáncer, destinado a corromper los fundamentos de la cultura escrita.

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Miedo que vale la pena

Cartel de la pelculaAunque las películas de miedo no son mi género favorito, de vez en cuando me gusta que me asusten en la sala de proyección. El problema es que, con frecuencia mucho mayor de la deseable, uno acude al cine con la perspectiva de un deleitoso escalofrío y se encuentra con emociones muy diferentes, que prefiero no detallar por respeto a los lectores. Entre los subproductos de y para adolescentes (víctimas y verdugos, igual de absurdos y homicidas unos y otros), las historias construidas a mayor gloria de los fabricantes de sangre artificial y los delirios de la planificación sincopada y frenética, el espectador acaba por cobrar la sospecha de que el género se ha muerto sin hacer testamento y que de él sólo sobreviven pálidos fantasmas.

De manera un tanto sorprendente, Dark water (La huella) viene a demostrar que esos recelos son infundados y que todavía queda vida y talento en el terror contemporáneo. El soplo de aire fresco procede de un director inesperado, Walter Salles, famoso entre nosotros por su magnífica Diarios de motocicleta, que no puede ser más diferente a la que ahora nos ocupa. Aunque la firma de Salles me atraía, lo cierto es que fui a ver Dark water con ciertas prevenciones, pues había leído que se trataba de una adaptación para el mercado anglosajón de un filme japonés (Honogurai mizu no soko kara, de Hideo Nakata, un detalle erudito que he tomado prestado de la imprescindible IMDB). Y aunque no faltan ejemplos estimables de los remakes norteaamericanos de éxitos foráneos (sin salirnos de las coordenadas del género de terror podemos invocar el ejemplo de The Ring, versión de una película japonesa que hace un par de años triunfó en nuestras pantallas), conviene tentarse la ropa: por cada adaptación digna de interés hay que aguantar también muchos bodrios (si el lector no me cree que compare Abre los ojos, de Alejandro Amenábar, con el Vanilla Sky de Cameron Crowe).

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