El boca a boca funciona de vez en cuando como un sistema de promoción inmejorable. Yo, que no hago mucho caso de la tele, que apenas si he visto un par de las delirantes parodias de Homo zapping, no había prestado demasiada atención a Tapas, una producción española, dirigida y escrita por José Corbacho (el mismo showman del programa de Antena 3 que fustiga a media humanidad con sus tronchantes imitaciones) y Juan Cruz. Me la recomendaron vivamente, y fui a verla antesdeayer, con ciertas prevenciones que se desvanecieron a los cinco segundos de comenzar la película.
Tapas consigue que el espectador se identifique con su historia, con el ambiente que retrata, con su riquísima galería de personajes, desde los primeros fotogramas. Hay una poderosa corriente de autenticidad, de vida bulliciosa y un tanto anárquica, que recorre todo el filme con una fuerza avasalladora. Y hasta las sensaciones físicas que emanan del retrato de la vida de barrio -rodada en Santa Eulàlia, en L’Hospitalet de Llobregat, que es el barrio donde nacieron y se criaron sus directores-, el calor sofocante, la luz intensa, mediterránea, el apiñamiento, la bullanga, los sonidos de la calle, son inmediatas, poderosas y creíbles.
Creo que fue Truman Capote quien señaló que “toda la literatura es cotilleo”. A pesar de su carácter provocador y de su tono de boutade, no me parece una afirmación desacertada, pues al fin y al cabo muchas de las más insignes obras literarias de todos los tiempos desempeñan, de un modo u otro, la función que, según algunos lingüistas, más tiempo ocupa en nuestro empleo cotidiano del lenguaje: el chismorreo, la charlatanería.
Hace casi un mes que vi la última y por lo que parece definitiva entrega de la serie galáctica de George Lucas (en realidad la he visto tres veces, pero no se lo contéis a nadie). Desde entonces, he estado preparando una larguísima
El sábado cometimos un pecado que algunos considerarán imperdonable: a eso de las diez y pico de la noche, después de ver la primera parte y unos minutos de la segunda de la final de Copa (Osasuna-Betis), salimos de casa para ir al cine, con la conciencia un poco culpable por abandonar a nuestro equipo a merced de las hordas verdiblancas. Mientras nos tomábamos el café habitual antes de la proyección, nos enteramos de que el Betis había marcado su primer gol. Sin embargo, no supimos del desenlace (1-2) hasta después de terminada la película.
Una de las grandes satisfacciones que de vez en cuando me procura mi afición de reseñista es la de recibir mensajes de algún desconocido corresponsal que me hace partícipe de los detalles de su vida. Uno de los más conmovedores que me han llegado nunca fue el de un ex-marino mercante, tocayo mío, que además de felicitarme por la
Y lo hace con una nueva producción, No sos vos, soy yo, dirigida por Juan Taratuto, que ha recurrido a todos los recursos habituales en las comedias que últimamente proceden de aquellos pagos: espontaneidad, diálogos ingeniosos, coloquialismo, personajes peculiares y, sobre todo, ese tono inimitable y tan argentino, que oscila entre la solemnidad y el desastre y que parece haberse convertido en una marca de fábrica destinada a lograr un gran éxito entre el público español.
