El cine de José Luis Garci tiene apasionados partidarios y no menos furibundos detractores. Algunos de estos últimos no le perdonan su independencia, ni el que suela nadar contra corriente tanto en los temas de sus películas como en algunos de sus rasgos estéticos e ideológicos. En lo que a mí concierne, tengo que reconocer que las películas de Garci me dejan un tanto frío. No las he visto todas, así que he de admitir que mis opiniones son un tanto inconsistentes, pero, tal vez con la excepción de El crack, encuentro en ellas una sentimentalidad que no acaba de gustarme.
Todo lo cual no quita para que tenga una alta consideración de José Luis Garci como divulgador cinematográfico y hombre de cultura, sobre todo desde que puso en antena Qué grande es el cine, uno de los pocos programas que merecen la pena en la actual parrilla de la televisión. Se le han señalado muchos defectos de organización y formato -no es el menor su horario, que le ha hecho acreedor a ingeniosas variantes del título, como Qué tarde es el cine-, lo han sometido a innumerables parodias y cuchufletas, pero ahí está, tan sólido e interesante como el primer día, un espacio de cine-fórum que lleva un montón de años en antena, que nos ha ofrecido títulos memorables y que, a diferencia de tantos otros productos televisivos, sabe respetar la inteligencia del espectador.
El Diccionario de la Real Academia Española define la primera acepción de “escatológico” como “perteneciente o relativo a las postrimerías de ultratumba” (también ofrece una segunda acepción, que voy a ahorrar al curioso lector, a fin de que no establezca malévolas asociaciones). Digo esto porque la novela del padre José A. Fortea (su autor es un sacerdote de la diócesis de Alcalá de Henares) es una fantasía sobre el fin del mundo, que sigue fielmente, demasiado fielmente diría yo, las profecías del Libro del Apocalipsis y otros textos bíblicos.
Acabo de terminar La conspiración, de Dan Brown, el autor de la famosísima novela El código Da Vinci, una obra que merecería pasar a la historia de la literatura no precisamente por su calidad, sino por haber servido como modelo de un sinfín de clones de ese peculiar subgénero (la novela templaria, habría que llamarlo) con el que las editoriales nos castigan de un tiempo a esta parte.
El jurado del Premio Nadal ha otorgado los galardones de su convocatoria de 2005 a dos novelas de planteamiento y contenido muy diferentes, pero marcadas por un signo común de derrota, pesimismo y hasta desesperanza: la ganadora, Un encargo difícil, de Pedro Zarraluki, narra un drama personal que transcurre en la inmediata posguerra del conflicto civil del 36; la finalista, Cazadores de luz, de Nicolás Casariego, es un relato de anticipación, una distopía de inquietante verosimilitud.
Casi la mitad de mi carrera docente ha transcurrido en el I.E.S. “Picos de Urbión” de la localidad pinariega de Covaleda, en Soria, una provincia que he recorrido a menudo y a la que he aprendido a querer. Y de los catorce años en las aulas del colegio de los Padres Escolapios de Pamplona, unos cuantos transcurrieron en la misma clase a la que asistía Arturo Redín, co-guionista, junto a su directora, Mercedes Álvarez, de este magnífico documental que acaba de presentarse en nuestras carteleras.