Garci, Tavernier, la guerra y el cine-fórum

El cine de José Luis Garci tiene apasionados partidarios y no menos furibundos detractores. Algunos de estos últimos no le perdonan su independencia, ni el que suela nadar contra corriente tanto en los temas de sus películas como en algunos de sus rasgos estéticos e ideológicos. En lo que a mí concierne, tengo que reconocer que las películas de Garci me dejan un tanto frío. No las he visto todas, así que he de admitir que mis opiniones son un tanto inconsistentes, pero, tal vez con la excepción de El crack, encuentro en ellas una sentimentalidad que no acaba de gustarme.

Todo lo cual no quita para que tenga una alta consideración de José Luis Garci como divulgador cinematográfico y hombre de cultura, sobre todo desde que puso en antena Qué grande es el cine, uno de los pocos programas que merecen la pena en la actual parrilla de la televisión. Se le han señalado muchos defectos de organización y formato -no es el menor su horario, que le ha hecho acreedor a ingeniosas variantes del título, como Qué tarde es el cine-, lo han sometido a innumerables parodias y cuchufletas, pero ahí está, tan sólido e interesante como el primer día, un espacio de cine-fórum que lleva un montón de años en antena, que nos ha ofrecido títulos memorables y que, a diferencia de tantos otros productos televisivos, sabe respetar la inteligencia del espectador.

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Fantasía escatológica

Portada de la novelaEl Diccionario de la Real Academia Española define la primera acepción de “escatológico” como “perteneciente o relativo a las postrimerías de ultratumba” (también ofrece una segunda acepción, que voy a ahorrar al curioso lector, a fin de que no establezca malévolas asociaciones). Digo esto porque la novela del padre José A. Fortea (su autor es un sacerdote de la diócesis de Alcalá de Henares) es una fantasía sobre el fin del mundo, que sigue fielmente, demasiado fielmente diría yo, las profecías del Libro del Apocalipsis y otros textos bíblicos.

Por decirlo con suavidad, Cyclvs Apocalypticvs no es una novela que destaque precisamente por su calidad. Más bien parece la obra primeriza de un autor amateur, redactada a toda prisa (abundan las inconsistencias de la trama y hay bastantes errores sintácticos), sin otro plan preconcebido que establecer la mayor cantidad de paralelismos entre la trama narrativa y las profecías bíblicas, lo cual da lugar a un argumento no ya increíble, sino inverosímil, que muy a menudo resulta grotesco y que en algunos momentos produce efectos involuntariamente cómicos. De algunos de estos defectos parece ser muy consciente el propio autor, pues en el apéndice final pide disculpas por ellos.

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Sobre las licencias de Creative Commons

Leo hoy en el suplemento CiberPaís que la Asociación de Compositores y Autores de Música (ACAM) se ha hecho eco de un artículo de Emma Pike, Directora General de la British Music Rights, contra las licencias de Creative Commons. La señora Pike cita entre sus argumentos la opinión de un abogado norteamericano, un tal Lawrence Lessig, quien en un artículo publicado en la revista Forbes moteja a los defensores de este tipo de licencias con la elegante etiqueta de “una cuadrilla de oportunistas” (a bunch of gleaners).

Habida cuenta que tanto La Bitácora del Tigre como otras webs de las que soy responsable están presididas por este tipo de licencias, tendré a partir de ahora que considerarme un oportunista confeso y tal vez convicto, con la circunstancia agravante de haber perpetrado mi delito “en cuadrilla”.

En fin, como yo no soy abogado (lagarto, lagarto), ignoro las minuciosas implicaciones legales de publicar mis modestas creaciones bajo las etiquetas de Creative Commons, y estoy dispuesto a admitir que, como casi todo en la vida, no es oro todo lo que reluce en el mundillo del software libre, el copyleft y demás fenómenos conexos. Lo que tengo muy claro, en cambio, es que con sus reiterados posicionamientos en contra de su actual estatus, la ACAM, la BMR, la SGAE y tantas otras entidades y asociaciones de este tipo no hacen más que poner palos en las ruedas de los intereses ciudadanos, asfixiando la difusión de la información y la cultura a través de Internet.

Por mucho que me esfuerzo, no veo nada de malo en que un servidor (me refiero con esta palabra a mí mismo, por si la palabra induce a error) divulgue sus materiales libremente por la Red, con unas mínimas limitaciones que parecen de sentido común, y que no tienen otro objetivo que el del reconocimiento (aunque sea moral) de la obra propia. Lo que yo hago con lo mío no obliga a nadie más, salvo que se piense (y creo sinceramente que es lo que algunos temen), que el éxito de estas nuevas formas de distribución sea de tal calibre que obligue a quienes están bien amurallados tras sus regalías a refundar sus chiringuitos. Ciertamente, hay más de un pope cultural que bien haría en meditar largo y tendido sobre el asunto.

Calendario en WordPress

Con este pequeño artículo, inauguro la sección dedicada a WordPress, la herramienta con la que está elaborada La Bitácora del Tigre. En esta sección iré anotando mis descubrimientos sobre este magnífico CMS (Content Management System, o sistema de gestión de contenidos), así como las nuevas funciones incorporadas a la bitácora.

La primera innovación es un calendario, que me ha costado algún esfuerzo activar. Lo he conseguido a base de editar el fichero sidebar.php, al comienzo del cual (en realidad, bajo la primera etiqueta <div id=”sidebar”>) he insertado la correspondiente llamada a la función de calendario:

<div id="calendar">
<? php get_calendar(); ?>
</div>

He comprobado que el calendario funciona perfectamente tanto con Internet Explorer como con Mozilla y Firefox. Espero no haber roto nada, porque cada vez que toco el código PHP siento un espeluzno en la columna vertebral.

Dan Brown antes de Da Vinci

Portada de la novelaAcabo de terminar La conspiración, de Dan Brown, el autor de la famosísima novela El código Da Vinci, una obra que merecería pasar a la historia de la literatura no precisamente por su calidad, sino por haber servido como modelo de un sinfín de clones de ese peculiar subgénero (la novela templaria, habría que llamarlo) con el que las editoriales nos castigan de un tiempo a esta parte.

Aunque La conspiración sea dos años anterior a El código Da Vinci, la comparación entre ambas no permite concluir que la experiencia le haya servido a su autor para mejorar en oficio novelístico, sino más bien al contrario. No me atrevo a afirmar que la primera sea una novela mejor (ambas son obras descaradamente comerciales, con escaso valor literario), pero sí mucho más interesante. Al menos, no tiene las pretensiones “culturales” del megaéxito que ha venido arrasando en las listas de ventas, circunstancia esta última que, por mucho que me esfuerzo en analizar, me sigue pareciendo rigurosamente inexplicable.

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Un Nadal y medio

Portada de la novelaEl jurado del Premio Nadal ha otorgado los galardones de su convocatoria de 2005 a dos novelas de planteamiento y contenido muy diferentes, pero marcadas por un signo común de derrota, pesimismo y hasta desesperanza: la ganadora, Un encargo difícil, de Pedro Zarraluki, narra un drama personal que transcurre en la inmediata posguerra del conflicto civil del 36; la finalista, Cazadores de luz, de Nicolás Casariego, es un relato de anticipación, una distopía de inquietante verosimilitud.

Construida a partir de una prolepsis que adelanta el desenlace (una anticipación deliberadamente engañosa, como el lector tendrá oportunidad de descubrir), y mediante secuencias narrativas en las que se entremezclan distintos puntos de vista, el argumento de Un encargo difícil se desarrolla en la isla de Cabrera, justo tras el final de la Guerra Civil española. En el concentrado universo de la menor de las islas Gimnesias se reúnen diversos personajes, que de una u otra manera son o se sienten perdedores de la contienda: Leonor Dot y su hija Camila, desterradas en Cabrera por su condición de esposa e hija, respectivamente, de un combatiente republicano que ha sido fusilado por los vencedores; Benito Buroy, un asesino obligado por la policía franquista a eliminar al agente doble alemán Markus Vogel; el capitán Constantino Menéndez, comandante militar de la guarnición, atormentado por lo que considera un destino muy poco acorde con sus méritos; Felisa García y su marido, Paco, quienes regentan la cantina y se lamentan por la suerte que les ha tocado (“la vida es una mierda” es el lema del cantinero); por último, El Lluent, un curtido pescador de carácter enigmático y hosco.

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El cielo gira

Cartel de la pelculaCasi la mitad de mi carrera docente ha transcurrido en el I.E.S. “Picos de Urbión” de la localidad pinariega de Covaleda, en Soria, una provincia que he recorrido a menudo y a la que he aprendido a querer. Y de los catorce años en las aulas del colegio de los Padres Escolapios de Pamplona, unos cuantos transcurrieron en la misma clase a la que asistía Arturo Redín, co-guionista, junto a su directora, Mercedes Álvarez, de este magnífico documental que acaba de presentarse en nuestras carteleras.

Por todas estas razones se comprenderá que tuviera un especial interés por ver El cielo gira. Obra insólita en las pantallas comerciales –nada menos que un documental intimista sobre un pueblo soriano, Aldealseñor, en el que ya sólo quedan ancianos–, esta opera prima de Mercedes Álvarez constituye la mejor prueba de que la emoción en el cine tiene muy poco que ver con los grandes presupuestos y el tirón de las estrellas, y mucho en cambio con el talento, la sinceridad y la pasión.

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Más sobre el curso en el CPR de Calahorra

Desde el 21 de abril al 12 de mayo he impartido un curso en el Centro de Profesores y Recursos de Calahorra, con el título de “Qué hacer con pizarra digital en el aula de Lengua”. A lo largo de las cuatro sesiones del curso, que han supuesto un total de doce horas, hemos examinado las potencialidades de Internet como recurso didáctico en tareas como búsqueda de información, investigación (webquest), producción textual, aprendizaje cooperativo, edición y publicación de páginas web, creación de documentación, utilización de gestores de contenidos, etc. Los interesados en estos temas pueden ver un completo guión de trabajo (que incluye multitud de enlaces y recursos) aquí.

Tengo que agradecer a los asistentes al curso, y en especial al director del CPR de Calahorra, Juanjo Mateo, su magnífica disposición y su colaboración. La verdad es que he quedado muy gratamente sorprendido por el interés de los profesores y profesoras y por la organización del curso.

Qué razón tiene Elvira Lindo

En la columna que publicó ayer en El País, con el título de “Qué cansancio”, de la que me permito copiar su parte más jugosa:

Cuando uno escribe en España un artículo sobre educación en el que se exponen dos realidades que casi todo el mundo conoce —que muchos profesores sienten que se les ningunea, ejerciendo como ejercen de papás, asistentes sociales y psicólogos, y por otro, que los niños acaban la primaria víctimas de una gran ignorancia—, uno recibe dos tipos de cartas, las de profesores que te agradecen que des voz a sus padecimientos, y las de “expertos” que consideran que en tu argumentación va implícita la defensa de la enseñanza franquista. Qué cansancio. En España, los debates acaban siempre en el fango político, no se admite como derecho democrático que no todas nuestras opiniones deben estar dictadas por el partido al que votamos. Sería saludable entender que el hecho de que un ciudadano vote al PSOE no debiera obligarle a defender la LOGSE y el hecho de que un ciudadano vote al PP no debiera significar el admitir la religión como una asignatura más. Pero no hay medias tintas, si eres de unos debes serlo a muerte. Francamente, no pasaría nada por reconocer que muchos sistemas pedagógicos progresistas surgieron del rechazo legítimo a la educación autoritaria. Ese rechazo provocó errores no sólo en España, sino en todos los países occidentales. Ahora el debate internacional consiste en qué es lo que debemos rectificar. No cabe la menor duda de que la gente progresista que tiene dinero juega con ventaja, lleva a sus hijos a colegios privados donde el esfuerzo ha vuelto a premiarse sin complejos, pero ¿qué ocurre con los niños de clase trabajadora para los que la educación pública es su única arma de igualación social?”

Efectivamente, el debate sobre el sistema educativo en España es víctima de una serie de vicios que parecen perpetuos: una politización insoportable, la ignorancia supina de buen número de los que a sí mismos se llaman expertos, y una mezcla de hipocresía y esquizofrenia que lleva a muchos de los miembros de la comunidad educativa (sobre todo docentes), a afirmar en público casi lo contrario de lo que piensan en privado.

Lo peor del caso no son las interminables disputas sobre reformas, leyes y reglamentos, ni la presión sobre la actividad cotidiana de los docentes de un pedagogismo que a veces se vuelve asfixiante, ni tan siquiera el palmario desconocimiento de numerosos creadores de opinión que han convertido sus tribunas en púlpito de inquisidores. Lo peor, como afirma Elvira Lindo, es el destierro, cada vez a territorios más remotos, de la cultura del esfuerzo, de las virtudes cívicas de la superación, el trabajo bien hecho y la emulación positiva, demasiado a menudo contempladas con displicencia (¡incluso en el propio ámbito educativo!), cuando no con abierta sospecha. De esta situación saben muy bien aprovecharse ciertas élites, cada vez menos compactas en el ámbito ideológico, pero mucho más eficaces en la protección de su estatus. Son las mismas élites que no tienen ningún empacho en presentar como el colmo de la modernidad las versiones actualizadas del “panem et circenses”. Qué cansancio, sí, y qué vergüenza.

Muy lejos del reino de los cielos

Queda la por ahora última película de Ridley Scott, que acaba de estrenarse en nuestras carteleras. Y, si se me permite el chiste, demasiado cerca del limbo, con una historia difusa y errática que, a pesar de su espectacularidad, de su apelación al estrellato y de sus buenas intenciones, suscita una incómoda sensación de vacío e indiferencia.

Lo cierto es que no resulta fácil señalar los porqués de tal sensación, pues El reino de los cielos es una cinta de factura impecable, como casi todas las que ha firmado su director, con una majestuosa reconstrucción de época, una puesta en escena por momentos bellísima, un discurso ideológico aparentemente irreprochable y un elenco actoral de prestigio que, aunque no destaque por su inspiración, al menos consigue llenar la pantalla. Sin embargo, el resultado final no funciona. O, por decirlo de forma más matizada, no apasiona, no engancha.

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