¿Quién es el Tigre?
Aunque muchos no lo sepan, un servidor. El apodo es obra de mi cuñado, Óscar Agudo, experto en inmortalizar a personajes públicos y privados con motes geniales que acaban por hacer olvidar la verdadera identidad del aludido.
No sé muy bien por qué razón me lo puso…, aunque puedo imaginarlo. Lo cierto es que el mote era en origen un poco más largo: “El Tigre de Covaleda”, que suena a nombre artístico de torero o de campeón de lucha libre. Ya se ve que los siete largos (y fructíferos) cursos como profesor en el I.E.S. “Picos de Urbión”, de la localidad soriana de Covaleda, no pasaron en balde.
Aunque un poco escondido, por casa tengo un cartel que inmortaliza el apodo: me lo hizo un artesano anónimo, de manos febriles y conversación fascinante, en el Rastro de Madrid. La verdad es que queda chulo mi nombre artístico al lado de José Tomás y del Juli. Y además, qué cuernos, algo tengo de torero: dos arañazos por asta de vaquilla (uno en la tripa, el otro en la pierna derecha), y unas cuantas contusiones de cuando era capaz de vencer el miedo y correr en los encierros de San Fermín, hace más de veinte años.
Esa es la impresión que queda después de leer la monumental última novela del escritor norteamericano: que Tom Wolfe ha escrito un libro de lectura apasionante, casi adictiva, con el único fin de apabullar a un enemigo que no merece semejante despliegue. Novecientas páginas para narrar el ascenso, caída y recuperación de una joven estudiante matriculada en una prestigiosa (y ficticia) universidad de la costa este norteamericana se me antojan excesivas para una historia que, a pesar de su intención vigorosamente satírica y de la eficacia de su estilo, resulta para mi gusto excesivamente convencional.